viernes, 25 de septiembre de 2015

Saturnalia...

Camino de Espinas...


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Yacía tendida en la cama, las piernas separadas, sangraba. Su cuerpo parecía muerto, pero estaba lleno de vida. En su rostro se confundía el dolor, placer, frustración, incluso desolación.

Sudaba, eran gotitas de sudor lo que rodaban por sus rosadas mejillas, no eran lágrimas, es que hacía calor en la habitación. Mediodía de verano, el calor desesperaba.

Sus ojos imaginaban que el techo se llenaba de estrellas fugaces, que la sangre que ahora manchaba las sábanas era el precio justo a pagar por el inicio de una nueva etapa en su vida. Por breves segundos desvió su mirada al cajón donde guardaba las muñecas, ya nunca las tocaría, ya sus manos no era de niña.

Observó la figura del hombre que le daba la espalda para abrir la puerta que los separaba por siempre, no se despidió, a ella no le hizo falta. De él obtuvo lo que quería, no se sintió usada, estaba feliz por el nuevo camino emprendido sin sospechar que dentro de nueve meses empezaría otra etapa en su vida.


Nota:Para Máximo Vega por su "Juguete de Madera". Me moviste con tu novela hermano.


Rafael Rodríguez Torres

Una escritora invitada...

Saludos amigos lectores, no los he abandonado, es que sigo enredado en la mirada de Abril, ya regreso pronto, antes de lo que imaginan, mientras tanto les dejo parte de sus encanto, los que me tienen hechizado...



Ella, simplemente ella.



Yo era la poesía, que ocupaba tu espacio,

La que vivía desnuda bajo tus sabanas y tus sentidos.

Aquella que se perdía por momentos en tu piel,

La que reconoces a ciegas en un beso,

La que dejaste ir a un largo viaje,

Esa… si… ¡esa!, te arrancó el alma en un instante.

Llevándose en su corazón, aquel brillo inmenso de tus ojos.

Ella…si… ¡ella!, siempre permanece,

Porque todavía recordarla te estremece.



Abril Dronbjak 2011

miércoles, 3 de agosto de 2011

Una escritor invitado...

Saludos amigos lectores, de nuevo estoy por aquí luego de una de mis acostumbradas pausas. Hoy comparto con ustedes un escrito de un amigo, George Domínguez. De Yoryi, como lo conocemos, les cuento que es teatrista, cineasta, escritor entre otras cosas. Todo lo que toca lo hace con un estilo muy particular e interesante que le impregna un sello que lo hace único, reconocible a distancia como su trabajo, pero lo más importante, de una calidad excepcional.

Trazos crudos y poéticos, viajando por el universo, cosmo celestial,
sufriendo metamorfosis de sinónimos de libertad, encontrando tonos que armonizan la frágil y sensible,
vida de los que aman al ser,
que con gritos y llantos besuquean los papeles ,
que crean orgasmos para fertilizar los sueños,
Trazos sensibles y varoniles, que recorren los cuerpos de musas callejeras,
y con sus lenguas, perforan lo mas intimo de tus memorias,
sin dejar que se acaben las palabras,
sin dejar que se olviden los momentos,
para convertirlo solo en recuerdos, Trazos tuyos y tus vertientes,
que desnuda tu alma y la hace volar,
hasta llegar, a cada ente que busca tu soñar,
en todos los signos que Dios ha de formar, trazos mc,
trazos Junior,……..Que niño ha de nacer? envuelto en aquel papel.
Para mi Amigo y Hermano, Mc Junior. De: George Dominguez Exposición Individual, " Vertientes Gráficas" Santiago 2011

sábado, 14 de mayo de 2011

Leyendas Urbanas...

La Venganza de Simeón…

Por más de sesenta años Simeón había ejercido la función de jardinero en la casa de la familia Aybar, fue la muerte quien se encargó de jubilarlo de sus labores una mañana tranquila de junio. Nunca se supo sobre su pasado, de dónde vino, si tuvo mujer, hijos.

La casa de los Aybar era la más grande de todo el barrio. Era una casona de madera de varias plantas y con un patio enorme que mas bien parecía una porción de la selva Amazona en mitad de Santiago. El jardín estaba siempre florecido y cuidado con delicadeza por Simeón, rosas y orquídeas predominaban y su aroma se impregnaba en quien por allí pasaba. El patio pasaba entonces a su espesura por la gran cantidad de árboles frutales que habían sembrado en la propiedad, mangos, guayabas, cajuiles habitaban a montón y era el interés de mi hermano y mío que con la ausencia de Simeón y su celo enfermizo por evitar que tomaran hasta una simple cereza, todo iba a estar a nuestra disposición.

A pesar de su férrea vigilancia siempre nos la ingeniamos para burlar su control con un plan sencillo pero eficaz, yo llamaba su atención por uno de los linderos de la propiedad al gritarle cuanto insultos me llegaban a la cabeza en el momento, del otro lado mi hermano metía en una mochila docenas de frutos maduros y listos para saborear. Simeón se enfrascaba en perseguirme con una vara de madera que prometía romperme en el espinazo si me atrapaba. Me subía en uno de los muros del fondo que eran bastante alto y no podía alcanzarme. Se quedaba debajo mirándome con una ira incomprensible, entonces guardaba silencio y se iba a sentar debajo de algún árbol para evitar que yo penetrara de nuevo.

Con el tiempo se fue cansando del juego y en las últimas semanas ni se molestaba en siquiera amenazarme, sentado en una silla de guano debajo de un naranjal con la mirada perdida como si estuviera ya muerto, la única señal de vida que daba era al silbar una bella melodía que ejecutaba con tal perfección que era un deleite escucharle. No se cansaba de silbar, yo tampoco de escuchar, era como si con cada tonada evocara un viejo amor que hoy sólo los rosales traían a su memoria.

A Simeón no lo velaron al morir, lo llevaron directo al cementerio donde lo enterraron en una fosa común, nadie le lloró. Al entierro sólo asistieron uno de los miembros de la familia para la cual sirvió casi toda su vida y el sacerdote de la parroquia. Nosotros no le guardamos luto y a la semana atacamos con furia una mata de guayaba. Luego de depredar la mata nos tiramos debajo de una de tamarindo a disfrutar el manjar, esa misma tarde en plena comilona el viento nos jugó una broma pesada, fue lo primero que pensamos, y deslizó hasta nuestros oídos la bella melodía que Simeón siempre silbaba. No lo pensamos dos veces y corrimos sin parar hasta llegar a nuestra casa.

Regresamos al patio convencido de que todo fue producto del viento, pero de nuevo escuchamos la melodía y de nuevo corrimos. Esta vez no pudimos buscar una excusa razonable y por unanimidad decidimos no regresar al patio de la casa Aybar.

Todo hubiese quedado hasta ahí de no haber sido porque una mañana escuché la melodía de Simeón en un solitario pasillo de la escuela cuando iba en busca de mi hermanita en el maternal. Corrí hasta el aula donde estaba mi hermano que simplemente dijo: ¨¡Hay que buscar ayuda!¨

A pesar de que mis padres eran religiosos a extremo, mamá era bien accesible y se puede decir que hasta permisiva con las travesuras que hicimos en la niñez y adolescencia. Por ello fue la elegida para exponerle el problema que nos acosaba. Nos escuchó en silencio pero siempre atenta de nuestra confesión y el evento sobrenatural que vivíamos. Si se enojó nunca lo demostró, su rostro, diría, fue de franca preocupación.

-Debemos ir donde el Padre Carlos y contarle-Dijo.


Para ir a la iglesia era obligatorio pasar frente a la casa de los Aybar por ser esa una calle sin salida y nosotros vivir casi en el fondo de la misma, de nuevo escuchamos el ahora macabro silbido de Simeón, y mamá junto con nosotros se dio a la fuga. Llegamos a la parroquia con el alma en vilo, le contamos como pudimos al Padre que nunca puso en duda la historia por el respeto que mamá se había ganado en la comunidad. El padre dijo que eso era el alma de Simeón que estaba penando, con una misa y confesión de los ofensores se solucionaba todo.

Siempre había tenido mis dudas sobre los secretos de confesión, para sorpresa nuestra todos en el barrio se enteraron de las ¨apariciones¨ del difunto jardinero. Dos días después una vecina juraba haber escuchado a Simeón al pasar frente a la casa de los Aybar. La histeria se desparramó por las calles del barrio por lo que se buscó al padre para llevar a cabo una misa en pleno patio.

El cura llegó de sotana y dos monaguillos como pajes de boda. Fue sacando de un bultito un potecito de plástico con el agua bendita, un rosario y otras cosas que no pude reconocer en el momento. Casi todos los vecinos se unieron a nosotros y la familia Aybar que accedieron de mala gana por decir que todo eso era charlatanería de muchachos majaderos y malcriados.

El rito inició con el Padre lanzando agua bendita por todos lados al momento que nos arrodillamos dándonos golpes en el pecho mientras rezábamos el santo rosario. Prosiguió el padre con una letanía en latín que cargaron mucho más el ambiente que de por sí ya era pesado. Pidió que nos pusiéramos de pie y le siguiéramos, entonces todos incluyendo al cura y los incrédulos Aybar escuchamos a Simeón, el temor se apoderó del grupo. El padre Carlos invocó a todos los santos conocidos para que le mostraran al difunto el camino hacia el paraíso. La dueña de la casa interrumpió al padre y gritó:

-Simeón, tú necesitas algo? Una novena? Estamos aquí para complacerte, habla, di lo que te hace falta!-

Avanzamos por el patio siguiendo el origen de la melodía entre los árboles, llegamos hasta un pequeño estanque y para sorpresa de todos encontramos a una nieta de la dueña de la casa que con apenas unos siete años imitaba fielmente la melodía que entonaba cada día Simeón. Al preguntarle la abuela porqué lo hacía, respondió:

-Porque estos dos, señalando a mi hermano primero y luego a mi, siempre se burlaban del pobre Simeón. Al ver que se asustaron me sentí bien y hasta en la escuela los asusté-

-Bueno, todos a sus hogares, aquí no ha pasado nada- Dijo el Padre Carlos.

Nos dimos la vuelta y caminamos despacio y en silencio. La melodía se escuchó de nuevo y todos miramos a la niña que iba abrazada a su abuela y ni siquiera había hablado, volteamos asustados hacia el patio y fuimos testigos como los silbidos de Simeón se fueron alejando hasta perderse en el fondo de la propiedad.

A la niña se la llevaron a vivir a Miami con sus padres, mi hermano y yo nunca nos arriesgamos de nuevo a pisar el patio de la casa Aybar a pesar de que los silbidos de Simeón jamás se volvieron a escuchar. Ha pasado el tiempo y todavía al pasar frente a la casa una especie de escalofrío se apodera de mi ser, quizás sea Simeón que no está satisfecho con su venganza, o que en realidad me remuerda la conciencia.

Vi Ho Purgatto Ancora!

viernes, 13 de mayo de 2011

Una escritora invitada...

Saludos amigos lectores, no los he abandonado, es que sigo enredado en la mirada de Abril, ya regreso pronto, antes de lo que imaginan, mientras tanto les dejo parte de sus encanto, los que me tienen hechizado...

Ella, simplemente ella.

Yo era la poesía, que ocupaba tu espacio,
La que vivía desnuda bajo tus sabanas y tus sentidos.
Aquella que se perdía por momentos en tu piel,
La que reconoces a ciegas en un beso,
La que dejaste ir a un largo viaje,
Esa… si… ¡esa!, te arrancó el alma en un instante.
Llevándose en su corazón, aquel brillo inmenso de tus ojos.
Ella…si… ¡ella!, siempre permanece,
Porque todavía recordarla te estremece.

Abril Dronbjak 2011

viernes, 29 de abril de 2011

Leyendas Urbanas...

Predicción Funesta

El haitiano Bryan se paraba cada noche frente a la cancha de básquetbol a predicar ¨la palabra¨ con su voz estruendosa mientras jugábamos. Entre pases y tiros al aro, el moreno sacaba una petaca y se anotaba un trago de ron.

Bryan era un hombre alto, corpulento, parecía uno de los luchadores de la WWE. Siempre vestido de negro, traje y corbata, la camisa variaba. Una Biblia en manos que agitaba sin misericordia a medida que su discurso lo iba enardeciendo hasta llegar al borde de la histeria. Ya nos tenía desesperados, por eso les propuse a los muchachos darle al negro una paliza para que no volviera a pisar siquiera cerca de nosotros; otro muchacho del grupo fue más lejos: ¨Es mejor salir de él, quién va a echar de menos a un haitiano ilegal¨ todos estuvimos de acuerdo.

Acercarnos a él no fue difícil, a lo mejor pensó que sus palabras habían surtido efecto en nosotros, ahí estuvo su error. En el momento en que lo derribamos para someterlo estaba en pleno apogeo de su sermón. Hablaba de lo que había sido en Haití, un chamán maligno que a base de magia negra hizo mucho daño a personas inocentes por encargo, pero que Jesucristo lo había salvado y hecho un hombre nuevo y bueno. Le golpeamos salvajemente para ir debilitando su resistencia, al brotar la sangre se confundió con las gruesas gotas de sudor de nuestros cuerpos; Bryan apenas respiraba. Cargamos con su pesado cuerpo hasta unos matorrales por donde nunca cruzaba nadie, allí lo callaríamos para siempre, de repente Bryan empezó a sacudirse, luchaba por librarse, fue imposible. Saqué mi navaja y disfrutando el momento se la puse en la cara, recorrí su rostro, bajé hasta su cuello con la filosa punta arañando su oscura piel. Bryan me repetía asustado: ¨No haga daño a mi, tú clava puñal a mi y otro clava a ti, y otro…¨ cubrí su boca con una de mis manos, su cuerpo no se resistió al metal que laceraba impunemente su carne, sonreí, saqué la navaja y volví la clavé con más fuerza varias veces, no encontré su alma. Sin hacer ruido se quedó dormido, su rostro así sereno me pareció como si estuviera rejuvenecido, la luna le daba un cierto toque, me atrevería a decir ¨divino¨ fue entonces cuando tuve la sensación de que algo me quemaba, fuego vivo corrompía mis entrañas, luego sentí frío, vi un cuchillo tinto en sangre abandonando mi cuerpo, dolía. Sentí el mismo fuego al penetrar de nuevo, ya no pude volver a sonreír. Caí, asombrado miraba la cara de mi asesino, uno de mis amigos que a su vez era atacado por otro del grupo y este por otro que le asesinaba y era asesinado. Así quedamos, amontonados en un charco de sangre hasta que nos encontraron bien entrada la mañana. Nadie se pudo explicar porqué cuatro jóvenes amigos de infancia pelearon entre sí.

En mi velatorio, en medio de todo el llanto de familiares y amigos, el hermano Bryan, el haitiano que siempre viste de negro, fue quien leyó el panegírico.

sábado, 16 de abril de 2011

De los amigos que partieron...

Roberto

El mismo día que nací, una vecina daba a luz un niño al que llamó Roberto. Cuando mi madre y esa vecina se enteraron de sus respectivos embarazos formaron una especie de cofradía que todavía hoy perdura.
Las embarazadas se sentaban en el portal de mi casa a planificar nuestro futuro; nos imaginaron grandes amigos, nos convirtieron en médico y abogado, nos casaron con mujeres hermosas y se imaginaron cuidando los nietos.

La vida toma rumbos que muchos nunca llegamos a comprender, Roberto y yo no llegamos a ser los grandes amigos que nuestras madres pensaron en su momento. La última vez que vi a Roberto ha de hacer unos treinta y cinco años si no me equivoco. A su madre siempre me la encuentro, ya sea cuando va de visita por casa o caminando por las calles de la ciudad. Siempre que nos vemos luego de saludarme me dice lo mismo: ¨El primero de agosto vas a cumplir tantos años, al igual que Roberto¨. Nunca le pregunto por él, guardo silencio y busco una excusa para seguir.

En mis cumpleaños recibo una postal de su parte con el mismo mensaje cada año: ¨Felicidades Rafael, que Dios te proteja hoy y siempre¨

A pesar de tener la misma edad, Roberto siempre fue más alto y despierto que yo. Asistimos a la misma escuela y pronto llamó la atención de los profesores con sus ocurrencias. Al iniciar el tercer curso de básica tuvo el atrevimiento de decir que quería morir a los treinta y tres años como los tres hombres que más admiraba en la vida: Jesucristo, Bruce Lee y el Ché Guevara (1). Dijo que practicaba Full Contact con su padre lo cual era mentira, su padre los había abandonado para nunca saberse de su paradero. En el barrio comentaron que se había ido como polizonte en un barco francés, otros susurraban que el dictador Enano lo había mandado a desaparecer; no faltó alguno que se atrevió a insinuar que el padre de Roberto había sido abducido por extraterrestres.

Al terminar la universidad me fui del país, y fue en tierras extranjeras cuando empecé a echar de menos a Roberto, me sentaba en un café a especular qué habría sido de nosotros ya de adultos de haber seguido en contacto. Me preguntaba si realmente hubiésemos sido los mejores amigos, o como nuestras madres pronosticaron, hermanos. Mi andanada de recuerdos con Roberto dio inicio un frío sábado en el D.F., sábado de sacrificarme a no ir al fútbol para comprarle a mi madre un presente. Ella había sido explicita, quería un rosario de la virgen de Guadalupe y que fuera comprado y bendecido en la propia basílica que está frente a la plaza de la Constitución. Al llegar a la plaza donde se encuentra el templo vi una pared que servía de mural improvisado, fue lo que me hizo recordar a mi amigo Roberto, en el mural estaban pegadas cientos de fotografías de niños desaparecidos y los teléfonos de contacto. Me transporté mentalmente a una calle de mi barrio una tarde de otoño de 1975, un carro se detuvo frente a unos niños que jugaban; dijeron los testigos, tomaron a Roberto por un brazo y lo metieron dentro, escaparon sin que nadie pudiera reaccionar a tiempo.

A medida que pasaron los años fui escuchando diferentes versiones de lo que pudo haber ocurrido, hablaron de venta de órganos, venganza de algún enemigo del padre y hasta mencionaron a Mano Blanca (2).

Regresé a Santiago y tuve la oportunidad de volver a ver a la madre de Roberto, como siempre hablaba de mi edad, y yo siempre buscaba una excusa para evitar la situación.

Hace poco murió el hijo de un buen amigo, de los que uno considera hermano, su hijo apenas iba a cumplir los cinco años. Al ver el rostro de mi amigo descompuesto por el dolor no supe que decirle y le abracé, al hacerlo sentí que también abrazaba a la madre de Roberto, aquel abrazo que le había negado durante tanto tiempo.

Unos días después tocaba a su puerta, no se sorprendió al verme, me esperaba. Nos sentamos en la terraza de la casa, puso una humeante taza de café en mis manos y sacó un álbum de fotos de Roberto. En una de las fotos yo aparecía a su lado, ambos disfrazados de vaqueros en una durante el carnaval. Me fijé en sus ojos, los vi triste, ausentes, como si no fuera el mismo niño extrovertido que recordaba.

Ahora la visito por lo menos una vez a la semana, casi no hablamos, nos comunicamos con nuestro silencio, un silencio reconfortante que nos llena de valor. Siempre miro sus fotos y cada vez estoy más convencido que más que amigos hubiésemos sido hermanos.


Para Charles Jr.García Domínguez (R.I.P.)

(1)A pesar de que Roberto dijo en el aula de clase que los tres hombres habían muerto a los 33 años, estaba equivocado. Bruce Lee iba a cumplir 33 al momento de su muerte, Jesucristo se dice tenía 38, y lo de los 33 viene por un error al empezar a utilizar al calendario gregoriano. El Ché Guevara murió de 39 años.
(2)Mano Blanca fue un asesino en serie que se hizo famoso en los 70´s en la República Dominicana, es parte del cuento: Mano Blanca que pueden leer en este mismo blog.